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Antena navideña

La Navidad ya no es lo que era. Busco en mi banco de sensaciones el entusiasmo que sentía por estas fechas cuando era niña, tratando de invocar al espíritu navideño y ponerme a tono con las luces nocturnas que iluminan Barcelona, pero el anuncio de El Corte Inglés —tan malo malo— y el carrusel de consumismo desenfrenado en vísperas de fiestas —al que es prácticamente imposible no subir— me han cubierto de verde grinch. La Navidad de los mayores me cae mal… bueno, la de los niños de ahora ºoO(y ahora las mamás modernas se me van a enfadar) —esos niños que ponen los dedos en la tele como si fuera un iPad y se sacan de pedo porque no pasa nada ºoO(¿ya hay teles que funcionan así?), esos a los que no se les puede tocar ni un pelito aunque hagan un berrinche de Oscar— que no les alcanzan las montañas de juguetes que tienen y que están subidos al mismo carrusel consumista que… bueno, que al final la Navidad de los niños es la misma que la de los mayores…

Cuando estudiaba en Hogwarts tuve una clase sobre el verdadero significado de la Navidad. Ajá, en serio. Fue harto interesante y me dio algunas ideas para ver la Navidad con otros lentes. Se me quedó súper grabado que el árbol de Navidad es una antena receptora —no se si era súper secreto, pero chin ya lo dije— de… ¡buena vibra! Por la punta entra toda la “buena energía” —whatever that means— y por la base se reparte a todo y a todos los que andan cerca. Yo desde entonces, cada vez que veo un árbol de Navidad, me arrimo por si acaso.

No digo que me crean todo lo que les digo, solo digo que buscando significado en estos rituales  —tan masticados que ya no tienen sabor— podemos ganar profundidad y darle otra dimensión a estas fechas que suelen estar llenas de estrés, culpa, añoranza, vacío y demás sensaciones amargas. La verdad es que hace años que no tengo árbol de Navidad —y eso que mis gatos me lo piden— y aunque cada año le diga a N que ahora sí vamos a decorar la casa… al final me da hueva codera y grinchez. Pero trato de que dentro de mí sea Navidad —, y me acuerdo del árbol que ponía mi mamá cuando yo era una pulga —cuando no me daba cuenta del esfuerzo que debía estar haciendo para ponerlo a pesar de todo—, me acuerdo de cómo me gustaba verlo encendido en la oscuridad… Sentía magia. Eran las buenas vibras que captaba nuestra antena receptora, seguro.

Ya me emocioné. Esta Navidad seré mi propio árbol, ¡caray! Seré una antena receptora de energía chingona y la voy a expandir por donde quiera que vaya. O a lo mejor no tanto. Por lo menos voy a poner mi intención en ello, que al final es lo que cuenta. Que en esta época fiestera coman y beban rodeados de gente bella —por dentro y por fuera— y que sean las versiones más amables de ustedes mismos. Dense mucho amor y palabras bonitas —y menos regalos—. Y si les late, sean antenas navideñas y den una Feliz Navidad.

Mis gatos mueren de ganas
Mis gatos mueren de ganas

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